Para que no olvidemos

Hace algún tiempo, me compré por casualidad algunas medallas belgas, seducido por su diseño. Las mantuve un tiempo en un cajón. Ahora, en un año lleno de conmemoraciones (no se pierdan el museo “En los campos de Flandes”), al observarlas, he aprendido mucho sobre los padecimientos de Bélgica desde la Primera Guerra Mundial hasta la Segunda.

En 1915, hace un siglo, la parte de Bélgica que no era un campo de batalla sufría bajo la ocupación alemana. Ypres se convertió en símbolo de las atrocidades de la guerra tras continuos ataques y el uso de gases venonosos por primera vez en la historia en abril de 1915. Allí el cirujano canadiense Teniente Coronel John McCrae compuso su famoso poema “En los campos de Flandes” en mayo de 1915. Los belgas confiaron en la figura heroica de su rey Alberto I, “el rey cabellero”, y en la reina Elisabeth para superar la pesadilla.

En 1935, los malos presagios no impidieron a Bruselas disfrutar de su Exposición Internacional. Un año antes, Leopold III había sucedido a su padre Alberto II, muerto en un accidente de escalada cerca de Namur. El 29 de agosto la querida reina Astrid murió en un accidente de coche mientras Leopoldo estaba al volante del Bugatti en el que iban. Leopoldo no iba a ser amado como su padre por su pueblo, que lloró la pérdida de Astrid y lamentó la boda con Lilian Baels bajo ocupación durante la Segunda Guerra Mundial.

 

En 1939, Bélgica se dirigía irremisiblemente hacia otra invasión alemana. La Exposición Internacional de Lieja del mismo año pretendía celebrar el nuevo canal Albert, que conectaría este centro industrial con Amberes al tiempo que ofrecía una línea defensiva contra el ejército alemán. La exposición acabó abruptamente cuando estalló la Segunda Guerra Mundial en septiembre. El canal no consiguió parar a las tropas alemanas. La pesadilla de 1915 no había aún terminado.

Para que no olvidemos:


En los campos de Flandes se agitan las amapolas
entre las cruces, hilera sobre hilera,
que marcan nuestra morada, y en el cielo
cantan valientes las alondras, en vuelo
silencioso entre los fusiles allá abajo.
Somos los muertos; hace pocos días
vivíamos, caíamos, contemplábamos la luz del amanecer;
amábamos y éramos amados, ¡y ahora yacemos
en los campos de Flandes!
Proseguid la lucha con el enemigo:
Os arrojamos, con nuestras manos exangües,
la antorcha; que sea vuestra y la alcéis.
Si perdéis la fe en nosotros, los muertos,
¡no podremos dormir, aunque crezcan las amapolas
En los campos de Flandes!

 

Copyright de imágenes © Ruskin in Brussels