Bélgica, tierra simbolista

"The relic bearer" by Minne.

“El portador de reliquias” de George Minne. copyright de imágenes © Horta

En el paso al siglo XX, un nuevo movimiento artístico denominado simbolismo nació en Francia como rechazo al impresionismo, considerado demasiado materialista para las nuevas aspiraciones estéticas. Floreció en Bélgica, que brilló como la segunda patria del simbolismo antes de convertirse en la cuna del surrealismo. Si la vida era demasiado ridícula para tomárselas en serio para los surrealistas, la vida era demasiado misteriosa para tomársela de forma materialista para los artistas belgas de décadas anteriores.

 

Khnopff

“La esfinge” de Fernand Khnopff (1858-1921).

Los cuadros de Fernand Khnopff trascienden la realidad al trasladarnos a un mundo de sueños y mitos. El simbolismo era muy espiritual, con una buena dosis de esoterismo y ocultismo. “El super mago”, según sus palabras, y crítico de arte Josephin Peladan, apoyó a los simbolistas, ya fueran pintores, escritores o músicos contra el materialismo rampante de la época a través del salón de sus “orden mística de la rosa+cruz”. Este charlatán fracasó en sus objetivos espirituales pero consiguió crear una nueva atmósfera de símbolos para un nuevo arte reputado sagrado. Quizá el simbolismo, como Peladan, no fue más que un farol y no hay más que lo que ve el ojo. Esta semana en Horta, usted puede formarse su propia opinión con un bronce a subasta, “el portador de reliquias” del mejor escultor simbolista belga, George Minne (1866-1941).


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«Josephin Peladan» de Alexandre Séon (1855-1917).

“Madre llorando la muerte de su hijo” de George Minne.

Minne conmovió el sentido burgués de la belleza con la presentación en 1886 de su “Madre llorando la muerte de su hijo”, considerada en la época demasiado primitiva y patética. Como suele ocurrir, la gente dudaba entre pensar que Minne era un genio o un tonto ignorante. Maurice Maeterlinck—autor belga del drama simbolista “Pelleas y Pellissande” con el cual Debussy compondría la obra homónina y ópera simbolista por excelencia—apreciaría en el trabajo de Minne la encarnación del simbolismo en escultura después de haber reconocido que Minne “tiene tan sólo veinte años y no ha leído nada.” A Minne le quedaban por arrastrar todavía muchos años de incomprensión y apuros. En 1898, con su “Joven arrodillado”, una escultura muy parecida a la que se subasta, hizo comprender al gran público con un truco muy sencillo la silenciosa armonía de su trabajo: en vez de una figura, colocó cinco alrededor de una fuente. La obra de repente comenzó a cantar. Había comenzado una nueva era en escultura.

 

Fuente con “jóvenes arrodillados” de George Minne.